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El Camino de las Personas Comunes hacia Santiago

 

Buen Camino” es seguramente la frase que más se repite para aquellos peregrinos que van siguiendo el Camino de la Vía Láctea, que ya en tiempos de los antiguos romanos dirigía a muchos hacia el Fin de la Tierra, Fisterra, con el propósito de encontrar una purificación espiritual; y que siglos más tarde se convirtió en un manantial de peregrinación hacia la tumba del único apóstol de Cristo (además de San Pedro y San Pablo, ambos en Roma) enterrado en tierra europea (en tierras del Campo de la Estrella, Campus Estelae, Compostela); y en una de las tres peregrinaciones históricas de la Iglesia Católica (además de la de Roma y Jerusalén). El Camino de Santiago, es una fuente de inigualables experiencias para todos aquellos peregrinos que lo siguen en busca del ansiado abrazo del Apóstol, de vivir una aventura singular, conseguir el Jubileo en Año Santo, repetir antiguas gestas o cualquiera que sea su motivo.

 

            Ser peregrino del Camino de Santiago es una experiencia diferente. En el momento que se empieza, hay cosas que comienzan a perder sentido y otras que lo cobran de manera casi misteriosa. En el camino, sólo hay un objetivo: el propio Camino de Santiago; las demás cosas dejan de tener importancia. A partir de entonces, importa de verdad los kilómetros que hay que hacer hasta llegar al próximo albergue; el paisaje que se contempla y que cambia día a día; las gentes que suelen ayudar al peregrino; las antiguas vías romanas por las que pasaron muchos desde hace más de veinte siglos; las edificaciones, todas ellas cargadas de cultura e historia, que marcan el paso de los cientos de años; las ampollas, que hay que superar para llegar al próximo destino; los dolores físicos que parecen no permitir al peregrino poder empezar de nuevo el Camino al día siguiente, pero que de forma misteriosa se hacen muy soportables cuando amanece en la jornada venidera; es muy sencillo hablar con otros peregrinos (aunque no hablen español) porque se habla el lenguaje del Camino; la experiencia religiosa que eso supone para muchos; las etapas de 30 kilómetros a pie o 70 en bicicleta; las flechas amarillas y las conchas que marcan el camino…

    

        Quedan atrás otras cosas. En el Camino de Santiago, no importan los plazos del piso; cómo ajustar el sueldo para llegar a final de mes; las envidias del vecino; las preocupaciones por recordarle al mecánico que tenga el coche a punto para esa cita importante; lo que pensarán los demás; si existe cierta dificultad en relacionarse con personas del otro sexo; los exámenes; el trabajo con todos sus problemas; las prisas por llegar a conseguir ajustar todo lo que hay que hacer en un día apretado; el querer demostrar que uno es mejor que el otro; las lamentaciones por no haber hecho lo que se supone que se debería haber hecho; el amor no correspondido; las dificultades por poder comprarse aquello que tanto se soñó y que parece no estar al alcance; no importa la clase social, profesión, ni estudios de la persona que comparte viaje…. En el Camino de Santiago, sólo interesa el día a día; superar y disfrutar de la experiencia y las emociones que plantea el propio Camino de Santiago. Es más, el Camino no te deja pensar en otra cosa que no sea él mismo. Dicen que es El Camino de Santiago el que te lleva, y parece que es verdad.

 

Me imagino a los peregrinos de hace mil años en adelante. Esencialmente, tendrían el mismo objetivo que los de hoy en día: hacer el propio Camino de Santiago y todo lo que ello representa. Los medios no eran iguales (en lugar de zapatillas o botas de marca, llevaban sandalias de cuero; no tenían ropa deportiva pero sí un solo ropaje que lavaban muy de vez en cuando; no se duchaban apenas; la alimentación difería en posibilidades mucho de la de ahora…), aunque quizás estaban más dispuestos a soportar más las dificultades que se encontraban en el Camino (enfermedades, asaltadores, falta de alimento…) y mucho más acostumbrados a sus condiciones (solían caminar muchísimo más que ahora; aceptar la escasez de comida; bebían aguas de ríos, fuentes y pozos…). No obstante, seguían encontrándose con muchos aspectos que los peregrinos de ahora: paisajes, etapas de largo caminar, las gentes que ayudaban a los peregrinos, las edificaciones con marcado carácter religioso e histórico, los dolores físicos y las ampollas, el cansancio que parece desaparecer cuando se empieza a caminar al día siguiente… Si echamos un vistazo al libro de Matilde Asensi, Iacobus seguramente encontraremos escasas diferencias entre las emociones y sensaciones que pudiera sentir un peregrino del siglo XIV y otro actual, y sí muchas semejanzas. Esencialmente hay aspectos que son los mismos ahora que hace mil años, que los marca el mismo Camino de Santiago. Es como si quisiera permanecer substancialmente igual a lo largo de los siglos.

 

Paulo Coelho, en su libro El Peregrino de Compostela (diario de un mago) describe muy bien todo esto. Habla del Camino de Santiago como el Camino de las Personas Comunes, donde no importan muchas de las inquietudes que desarrollamos en nuestra sociedad y que nos llevan a preocupaciones. Estas cosas desaparecen y empieza a cobrar sentido únicamente el día a día, los kilómetros, los individuos son realmente iguales (personas comunes, como diría Coelho) sin diferencias de clases ni razas ni de nada. Es un camino de superación donde siempre, al finalizar cada día, existe la posibilidad de volver a nacer, de purificarse (con la esperada ducha después de largos y duros kilómetros, como bien me comentó alguien tras explicarme los rituales de Fisterra)  y prepararse así para la jornada siguiente. Es un camino que te sumerge en él mismo; te hace arrinconar todo lo que no tenga que ver con él; te hace pensar en el presente y olvidarte del futuro y del pasado, de las preocupaciones; hace recobrar valores humanos aparentemente olvidados por las prisas de nuestra sociedad.

 

Alguien me dijo una vez que parece increíble que en pleno siglo XXI aún queden cosas como el Camino de Santiago, que conserven su naturaleza desde hace siglos y siglos, que nos permita revivir sensaciones que tuvieron nuestros ancestros tiempos antes, que tengamos la oportunidad de pasar por parajes antiguos, por vías romanas, por construcciones milenarias, por las mismas emociones que sintieron muchos al llegar a la tumba del Apóstol… Y es algo que tenemos a nuestro alcance, en nuestro país y a poco más de mil kilómetros de distancia.

 

Dicen que es el Camino de Santiago el que te lleva, el que hace que sigas sus propias normas. También cuentan que el Camino de Santiago hay que hacerlo sólo, porque cada camino es distinto para cada persona; aunque precisamente por ello quizás esta decisión habría de dejarla en manos de quien hace el camino y elige su propio destino hacia Santiago. Seguramente por todo lo que se experimenta y representa el Camino de Santiago, y porque sus enseñanzas se aplican después al día a día, cuentan que el verdadero Camino de Santiago comienza cuando se llega a Santiago.

 

David Peris Delcampo

Psicólogo Deportivo · Master en Psicología de la Actividad Física y del Deporte (U.N.E.D.) · Profesor del Master en Psicología del Deporte del Colegio Oficial de Psicólogos de Valencia · Colaborador de la Real Federación Española de Atletismo. 

(Artículo publicado en la Rodalia, septiembre 2004)

 

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